La historia de San Francisco de Sales (1567-1622) es, ante todo, la de una superación personal profunda. Nacido en la nobleza de Saboya, el joven Francisco no siempre fue el hombre apacible que los libros de historia describen; sus biógrafos coinciden en que poseía un temperamento inquieto y propenso a la ira, una «fragilidad» que lo llevó a enfrentar episodios de rencor y humillación en su juventud.
Su camino hacia la «mansedumbre» no fue fortuito. Fue a través de una crisis espiritual en París donde, bajo el amparo de la Virgen María, logró encontrar la paz y comprender que la santidad requería tratar a los demás con una bondad extrema. A pesar de la resistencia de su padre, quien le auguraba una brillante carrera política y un matrimonio noble, Francisco renunció a sus títulos para ordenarse sacerdote en 1593.
Como obispo de Ginebra, destacó por su audacia comunicativa. En una región dominada por el calvinismo, el santo utilizó hojas volantes y panfletos escritos por él mismo para difundir la doctrina católica, un método innovador que le valió ser nombrado patrono de la prensa católica y de los periodistas. Su obra cumbre, Introducción a la vida devota, se convirtió en un manual esencial de espiritualidad para laicos, influyendo posteriormente en grandes figuras como Don Bosco y Santa Teresita del Niño Jesús.
Francisco de Sales falleció a los 56 años, dejando un testimonio de que la virtud se construye día a día. Fue canonizado en 1665 y declarado Doctor de la Iglesia en 1878, consolidándose como un maestro de la comunicación y un ejemplo de que la amabilidad es, en realidad, el resultado de una gran fortaleza interior.
Vía | El Impulso