Son las 2:21 de la tarde del lunes, 23 de febrero. Me siento agotado, como si hubiese corrido un maratón de 50 kilómetros sin descanso. Me inclino hacia atrás y recuesto mi cabeza sobre la silla que da frente a la pantalla de mi computadora.
En el escritorio me acompaña un termo con agua, una taza con un café frío que he evitado tomar en horas y una agenda marcada con notas hechas con tinta de lapicero, en la que se pueden leer las actividades que tenía previsto realizar durante la mañana, entre ellas, imprimir una foto de mi abuela, que murió el pasado 12 de noviembre y terminar de leer “Paula”, un libro de la escritora chilena, Isabel Allende. Voy por la página 248 y no he podido avanzar porque mi mente está descontrolada. Me siento fuera de pauta, a ratos ajeno al oficio y distante de la realidad, porque la ansiedad ha tomado el control de mi rutina.
Lo único que me ‘relaja’ es morderme las uñas y comer frutos secos. También hablar con Dios me ha dado paz y tranquilidad, pero normalmente lo hago en las noches, en la quietud de mi habitación, donde le he pedido sanación a mis males, mientras me peleo constantemente con el insomnio que se apodera de mi ser, sin percatarme la hora en la que logro quedarme dormido, y al despertar la mañana siguiente, se me hace una verdadera misión imposible salir de la cama.
Pese a todo, hoy es una de esas tardes donde a pesar de que me siento abrumado, quiero escribir sobre este lienzo en blanco, narrar una historia que es mía, pero quizá también de otros. Tal vez sea una forma de drenar un poco más lo que ya he logrado ‘soltar’ llorando sin parar en la ducha, mientras desayuno o ceno. He de confesar que incluso he derramado lágrimas hasta en las clases que estoy recibiendo como parte de mi formación como profesor de Lengua y Literatura.
Insisto, deseo redactar y lo estoy logrando. El teclado está sonando sin parar, conducido por mis manos temblorosas, uno de los síntomas de este trastorno que yo no elegí tener, pero que ha venido a mí sin pedirlo ni esperarlo.
Entonces no me ha quedado otra opción que aceptarlo y hacerle frente, aprendiendo a vivir con él mientras dure, porque estoy seguro de que así como vino, también se irá.
Al menos durante este proceso no todo ha sido negativo. He enriquecido mi amor por la lectura, pero ahora no solo leo noticias, también he leído sobre las emociones, cuentas de profesionales de la psicología en las plataformas digitales que hablan sobre cómo manejar la ansiedad, textos de autoayuda y hasta versículos de la Biblia, el libro más hermoso del mundo.
Pasan los días y sigo leyendo. Reviso en mí y en las páginas de expertos e instituciones. Me encuentro con que según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 300 millones de personas en el mundo conviven con trastornos de ansiedad, convirtiéndola en la afección mental más común del planeta.
Por su parte, en Monagas no hay cifras oficiales, pero el Dr. Trino Gascón, psicólogo clínico, revela que al menos seis de cada diez personas que acuden a sus consultas, padecen de ansiedad. Yo soy uno de ellas.
He comenzado a recibir su asistencia profesional porque por cuenta propia no he podido. Necesitaba una evaluación médica, a la par de una terapia que me ayudase a cambiar, aprender y manejar mejor mi vida, porque no es sano vivir con palpitaciones, taquicardia, asustado sin razón y hasta sin dormir bien. Entonces tengo reiterados pensamientos catastróficos, se me activa el modo sobrevivencia, me he vuelto obsesivo, con una mente en estado de alerta permanente, con malestares físicos y ahogos que parecieran apoderarse de mi existencia. Ha sido una verdadera pesadilla.
También he leído y analizado sobre la dimensión espiritual en todo este proceso. Le he preguntado al sacerdote Gustavo Ulloa si es un mito que “a mayor fe, menor ansiedad”. Él me dice que es una frase demasiado simplista.
“Tener fe no significa que uno no sienta ansiedad. Significa que uno no la vive solo. Hay mamás muy creyentes que rezan el Rosario todos los días… y aun así sienten angustia por un hijo enfermo o por la situación del país. ¿Eso las hace menos creyentes? Para nada, eso las hace humanas. En la Biblia, el mismo Jesús pasó por angustia en Getsemaní y en los Salmos vemos creyentes diciendo: «Se me oprime el corazón”; La fe no elimina la emoción, sino que la ilumina. A un fiel yo le diría así: sentir ansiedad no es desconfiar de Dios, es ser frágil. Confiar en Dios es traer esa fragilidad a su presencia”.
_Padre, ¿pero cómo me ayudaría la oración más allá de pedir un milagro?
_“La oración no es solo pedir que desaparezca el problema. Es aprender a respirar en medio del problema. Cuando una persona reza despacio —un salmo, el rosario, una adoración silenciosa— su cuerpo se calma, baja el ritmo, se ordena la mente. La oración trae paz porque introduce confianza y compañía. Además, cambia el diálogo interior. Mientras la ansiedad dice: “Todo va a salir mal”, la oración dice: “Señor, tú sabes. Ayúdame”.
Las palabras del sacerdote son sabias. El Señor sí sabe lo que me pasa, ha sido mi sostén y me ha permitido desarrollar mis labores periodísticas y académicas.
En medio de esta tempestad, he podido presentar mi proyecto de investigación en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador, además de mi trabajo de investigación especializado, en cuyo marco he sido seleccionado para participar en un evento científico en México, una gran noticia que ahora sí supe y pude redactar.
La otra buena noticia es que el mismo cuerpo que aprendió a vivir en alerta, también puede aprender a volver a la calma. El descanso emocional se entrena igual que la tensión; la mente se va regulando y la alarma comienza a sonar más bajo hasta dejar de hacer ruido.
Es la 1:30 de la tarde del martes 10 de marzo. Muchas cosas han cambiado para bien: sigo recibiendo terapias, tenga impresa la foto de mi abuela y he terminado de leer “Paula”.
Redacción: Jhonnet Martínez