En sectores emblemáticos del municipio Maturín, como El Furrial y La Candelaria, se mantiene viva la tradición de los populares dulces de El Corozo. Más que un oficio artesanal, esta actividad representa un acto de resistencia cultural y familiar que se niega a desaparecer de las calles monaguenses.
A pesar de los desafíos económicos, la demanda sigue intacta. Aunque los hacedores tradicionales ya no están activos en la venta directa como antaño, dejando un vacío histórico, las nuevas generaciones han tomado el testigo para llenar ese espacio con la misma pasión.
El arte en la avenida Vinotinto
Caminar por los accesos a La Candelaria y El Furrial es toparse con hileras de puestos que ya suman entre 14 y 20 puntos de venta. Allí, artesanas como Anis Martínez y Roxana Rincón despliegan con orgullo el arte de la repostería criolla.
Con 12 años de trayectoria en el caso de Anis, y 5 años en el de Roxana, estas mujeres representan a una generación de dulceras que aprendieron el oficio de forma autónoma, experimentando con ingredientes y recetas hasta dominar el punto perfecto.
“Yo aprendí por mi cuenta. Poco a poco fui perdiendo muchos materiales, pero aprendí. Lo último que dominé fue el hicaco y, gracias a Dios, nos va muy bien con las ventas. Hemos tenido mucha receptividad en este punto de la avenida Vinotinto, por donde pasa gente de todos lados. Fui una de las primeras en colocar su puesto en esta zona, que luego se fue llenando. Vengo desde El Furrial diariamente a vender mis dulces”, relata Martínez con orgullo.

Sabores que conquistan paladares
Las vendedoras señalan que los transeúntes y visitantes buscan con especial fervor clásicos como el hicaco y la lechosa en frascos, el tradicional durazno en almíbar y la codiciada jalea de mango. Tampoco faltan los dulces de coco con piña, maní, coco con leche y los nostálgicos cocos de colores.
Roxana Rincón detalló que los precios actuales oscilan entre los 2.000 y 3.000 bolívares para los paquetes, mientras que las presentaciones en frascos alcanzan los 5.000 bolívares o más.
Un legado con sabor a futuro
Aunque las ventas fluctúan según la temporada, con un repunte evidente los fines de semana y en períodos vacacionales, el optimismo de estas trabajadoras permanece intacto. Cada mañana, la instalación de sus puestos recuerda que las tradiciones de Maturín siguen vivas en cada bocado de dulce de leche, maní o chocolate.
La dulcería criolla resiste al paso de los años gracias al empeño de manos laboriosas que transforman frutas tropicales en memorias dulces.





Fotos | Juan Carlos Goitía