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La doble cruz de Aura: entre el abandono, la enfermedad y la fe en Maturín

Su vida transcurre en el cuidado absoluto de sus dos hijas: la mayor, de 47 años, quien padece de esquizofrenia, y la menor, de 41, diagnosticada desde su nacimiento con autismo severo y espasmos infantiles

En una modesta y deteriorada casa de la calle 23, antigua Junín, en el sector Viento Colao de Maturín, habita la señora Aura Perales, de 78 años de edad. Su vida transcurre en el cuidado absoluto de sus dos hijas: la mayor, de 47 años, quien padece de esquizofrenia, y la menor, de 41, diagnosticada desde su nacimiento con autismo severo y espasmos infantiles. Hace casi dos años, la partida física de su esposo, su compañero de vida y el pilar con quien compartía las jornadas de trabajo como funcionarios públicos, dejó un vacío irreparable. Desde entonces, la salud de Aura se ha quebrado profundamente.

Confinada a una silla de ruedas deteriorada y sin recursos para adquirir una nueva, su único sustento formal es una pensión del Seguro Social de 130 bolívares y el Bono de Guerra Económica; ingresos que apenas alcanzan para sobrevivir un par de días.

El peso del dolor y la ternura

El peso más grande para el noble corazón de Aura no es su propia condición, sino el bienestar de sus hijas. «Mi hija mayor lucha cada día contra una esquizofrenia terrible que la arrastra a crisis profundas. En ocasiones, cuando el tratamiento escasea, debe recibir medicación intravenosa. Mientras tanto, la menor ya no camina; pasa el tiempo arrastrándose por el suelo o refugiada en la música. Me llama ‘pé, pé, pé’, que es como le decía su papá. Ella casi no habla y no tengo una silla de ruedas para evitar que siga arrastrándose», lamentó con profunda tristeza.

La realidad nocturna es igual de dura: Aura señala que ambas se orinan en los colchones porque no cuentan con camas individuales ni protectores. A pesar de sus propios dolores físicos, Aura se levanta cada madrugada para limpiar la casa, lavar lo poco que puede y atender con esmero a sus hijas, aseándolas y dándoles de comer. Lo hace sin más compañía que su inmensa fe, resistiendo ante la soledad y el olvido institucional.

‎Un hogar que se desmorona en silencio

La infraestructura que las cobija también cede al paso del tiempo. Las paredes de la vivienda se agrietan y se caen debido a la filtración y la humedad, el piso está completamente deteriorado, los dos colchones matrimoniales donde duermen están rotos y la cocina dejó de funcionar.

Para la señora Aura, la rutina diaria se ha convertido en un dilema desgarrador. “Si compro pañales, no compro comida. No me alcanza para ambas cosas. Mis hijas requieren tratamientos constantes y no siempre puedo adquirirlos”, relata con la angustia reflejada en el rostro y la voz. A este escenario se suma su propio dolor físico; necesita con urgencia una operación de cemento óseo tras sufrir una caída, un procedimiento que le fue negado en el hospital público y que hoy la mantiene limitada a una movilidad sumamente dolorosa.

‎Un llamado urgente a la solidaridad

Desde su humilde hogar en Viento Colao, Aura no pide lujos; clama por lo indispensable para recuperar un poco de dignidad.

«Necesito que me colaboren con alimentos, pañales para adulto, colchones nuevos y una cocina funcional. También requerimos con urgencia medicamentos psiquiátricos y anticonvulsivos para mis hijas, como Alprán, Olanzapina o Ácido Valproico. Cualquier ayuda solidaria nos permitirá devolverle un poco de calidez a este hogar que se cae a pedazos», expresó.

Aura mantiene la esperanza intacta de que alguien, desde el corazón de la comunidad monaguense, las instituciones de salud o las autoridades gubernamentales, escuche su clamor y tienda una mano amiga para transformar su dolor en alivio.


Fotos | Juan Carlos Goitía

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