La anemia no es solo una cifra baja en un examen de sangre; es la señal de que algo en el organismo no funciona correctamente. “Siempre debe investigarse su causa”, señala Marta Morado, directora médica de la SEHH, quien define esta condición como un problema de salud pública global.
¿Qué es la anemia y cuáles son sus valores de referencia?
La anemia se produce por el déficit de hemoglobina, una proteína de los glóbulos rojos encargada de transportar oxígeno a los tejidos y recoger el dióxido de carbono. Según los expertos, se considera anemia cuando los niveles de hemoglobina están por debajo de:
- Mujeres: 12 gramos por decilitro (g/dL).
- Hombres: 13-13,5 gramos por decilitro (g/dL).
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Aunque la falta de hierro es la causa más común, también puede deberse a déficits de vitamina B12 o ácido fólico, o ser secundaria a enfermedades crónicas como insuficiencia cardíaca, EPOC, enfermedad renal o artritis reumatoide.
Grupos de riesgo y estadísticas globales
La prevalencia de esta enfermedad varía según la edad y el género, afectando de manera significativa a nivel mundial:
- Niños (6 meses a 4 años): Hasta un 40%.
- Embarazadas: 37%.
- Mujeres en edad fértil (15 a 49 años): 30%.
- Hombres: Del 5-6% en jóvenes hasta el 50% en mayores de 80 años.
Signos de alerta: ¿Cómo detectar la anemia?
Debido a que el organismo activa mecanismos compensatorios, las anemias de instauración lenta pueden presentar pocos síntomas iniciales. Sin embargo, existen señales claras que deben motivar una consulta médica:
Síntomas habituales:
- Cansancio persistente, debilidad y astenia.
- Dificultad para concentrarse y palidez (especialmente en ojos, labios y palmas).
- Taquicardia, mareos o sensación de falta de aire.
Casos moderados a graves:
- Caída de cabello y uñas frágiles.
- Inflamación de la lengua o lesiones en los labios.
- Trastornos del sueño e irritabilidad.
Diagnóstico y tratamiento especializado
La SEHH destaca el rol fundamental del hematólogo para identificar el origen del problema, ya sea por sangrados crónicos, problemas de absorción o aumento de las necesidades de hierro (como en el embarazo).
El tratamiento suele incluir una dieta equilibrada y la suplementación con hierro oral o intravenoso, dependiendo de la gravedad del paciente. “Un diagnóstico precoz y un tratamiento correcto mejoran la calidad de vida y, en muchos casos, salvan vidas”, concluye la doctora Morado.
Con información de Cuídate plus