La situación del sistema eléctrico en el estado Monagas ha alcanzado un punto crítico. Sus habitantes denuncian una intensificación diaria en los cortes de electricidad, los cuales se registran de dos a tres veces por jornada y se extienden por lapsos que superan las seis horas continuas, sumiendo a la población en un profundo estado de estrés, frustración e irritación generalizada.
La falta de un cronograma oficial y la impredecibilidad del servicio han alterado drásticamente la dinámica social y productiva de la región. Para miles de familias, la interrupción eléctrica no solo representa quedar a oscuras, sino la paralización total de sus hogares, afectando directamente la conservación de alimentos y el funcionamiento de aparatos médicos y electrodomésticos.
«La luz se fue a las 8:00 de la mañana y regresó a las 2:00 de la tarde; luego se volvió a ir a las 7:00 de la noche y volvió a las 11:00 P.M. En Caripito la luz se va todos los días. Es el pan nuestro. No hay una hora específica y cuando hay electricidad, vive parpadeando y se dañan las cosas», señaló Edianny Velásquez, residente del municipio Bolívar.


Asimismo, los afectados señalan que la falla eléctrica desencadena de inmediato el colapso de otros servicios fundamentales. La dependencia de bombas de agua y plantas de distribución hace que cada apagón deje sin suministro hídrico a comunidades enteras, limitando las tareas más elementales de la vida cotidiana.
«Se va la luz, se va el agua y quedo sin hacer nada en mi casa. Ayer se fue desde las 9:00 de la mañana hasta las 7:00 de la noche. Uno tiene que estar pendiente de la luz para ver a qué hora puede trabajar o hacer las cosas en el hogar», indicó Zulay Salazar, habitante afectada de Las Cocuizas.
Por su parte, el sector comercial y los trabajadores independientes también sufren el impacto de las fluctuaciones, mientras el desgaste emocional se consolida como una constante en el testimonio de los ciudadanos.
«Esto genera un estrés demasiado grande porque ni siquiera da tiempo de que se enfríe la nevera; son más de cinco horas sin luz. Que le vayan a hacer psicología a los que corresponden, para ver si dejan de cortar la luz», refutó Gregorio Landaeta, comerciante del centro de Maturín.






Incluso en sectores más alejados, las interrupciones imprevistas obligan a la población a buscar alternativas para sobrellevar las altas temperaturas y las largas horas de penumbra. Ricarda Robles, vecina del sector Paramaconi, describió la rutina a la que se han visto forzados los habitantes de su comunidad.
«Hay veces que la luz se va hasta cinco veces al día, o se va de cinco a seis horas continuas. Cuando pasa eso, me tengo que sentar debajo de las matas o acostarme en una silla de extensión a esperar que vuelva», aseveró.
Ni en las urbanizaciones se salvan
La situación se agrava aún más en las urbanizaciones privadas de la entidad, donde la comunidad cumple de manera puntual con el pago de las tarifas del servicio. A pesar del compromiso financiero de los propietarios, estos sectores no reciben ningún tipo de trato diferencial ni garantía de estabilidad en el suministro.


Los cortes electrónicos y las constantes fluctuaciones de voltaje en estas zonas residenciales resultan ser, en muchos casos, severos y destructivos. Los vecinos reportan cuantiosas pérdidas por el daño irreparable de equipos de refrigeración, aires acondicionados y sistemas de seguridad, evidenciando que en Monagas el pago del servicio no exime a nadie del colapso eléctrico.
Fotos/Juan Goitía