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La fe de un pueblo que no se rinde: Los milagros y la eterna devoción a la Virgen Del Valle en Maturín

El cumplimiento de estas promesas trasciende el dolor de la pérdida y une a los hermanos en torno a una causa común que dignifica la memoria de sus antepasados

La devoción a la Virgen del Valle no es solo una práctica religiosa en el oriente venezolano; es un latido colectivo que une a familias enteras a través de las generaciones. Cada año, cuando se acerca el mes de septiembre, las calles se llenan de color, promesas y altares improvisados donde la imagen de la Patrona de los mares y los corazones cobra protagonismo absoluto.

No se trata únicamente de pedir favores en momentos de angustia, sino de agradecer el acompañamiento constante en el día a día. Para los habitantes de las comunidades populares, Vallita representa el refugio maternal ante el dolor, la esperanza viva de la sanación y la fuerza para salir adelante en los momentos más oscuros de la vida.

Testimonios

Las historias de sanación y protección abundan en cada rincón de Maturín donde se le rinde homenaje, tejiendo una red invisible de testimonios que respaldan la fe inquebrantable de sus fieles.

Desde curaciones inexplicables hasta la resolución de graves problemas familiares o económicos, la intervención de la Madre protectora se manifiesta de formas tan cotidianas como asombrosas para quienes lo viven. Para la familia Granado en el sector Los Godos de Maturín, por ejemplo, la promesa de rendirle honores anuales no es una obligación formal, sino el tributo de amor y lealtad que mantiene viva la memoria de su matrona y la presencia constante de la divinidad en sus vidas.

“Esa devoción me la inculcó mi mamá desde que tengo uso de razón. Ella era muy devota de la Virgen y a todos nosotros, a todos sus hijos, nos inculcó que cualquier problema que tuviéramos se lo pidiéramos a ella, y ella nos lo iba a cumplir siempre”, indicó María Cecilia Granado.

La relación de los creyentes con la Santísima Virgen se caracteriza por un trato de infinita confianza, casi familiar, donde la oración se mezcla con la cotidianidad más pura del hogar. Las madres de familia le hablan a la imagen como a su mejor amiga, compartiendo con ella las angustias por la salud de sus hijos o las carencias del día a día, con la certeza absoluta de ser escuchadas.
Esta cercanía provoca dinámicas únicas en los altares domésticos, donde las peticiones se hacen con vehemencia y los milagros concedidos se celebran como verdaderas victorias comunitarias.

“Mi mamá hablaba con la Virgen como que era su mejor amiga y confiaba demasiado en ella. Cuando no veía que le prestaba atención a la petición, volteaba a la Virgen, la ponía contra la pared y la castigaba. Le decía: ‘Estoy brava contigo porque te pedí algo y no me lo has cumplido’. Y cuando se lo cumplía, la volteaba”.

Milagros: las piernas de oro

El poder de la fe también se mide por la capacidad de presenciar milagros, los relatos de salud recobrada cuando la ciencia médica no ofrecía esperanzas son la piedra angular sobre la que se sostiene la convicción de muchos hombres y mujeres en el oriente del país.

Ver a un ser querido levantarse de la postración o superar una invalidez se convierte en un hecho inolvidable que transforma al observador en un testigo permanente del poder divino. Para quienes presencian estas manifestaciones en su juventud, la experiencia marca un punto de inflexión definitivo que define su espiritualidad para el resto de sus días. El impacto de ver la restauración de la salud en un familiar cercano elimina cualquier duda sobre la efectividad de la oración y la gracia de la Virgen del Valle.

“Yo tengo un sobrino que nació con una discapacidad en las piernas y a los 11 años todavía estaba en una silla de ruedas. Mi hermana se lo encomendó a la Virgen, le hicieron unas piernitas de oro y fuimos a la Isla de Margarita a llevárselas. Y él caminó. A mí me consta porque yo viví eso a los 12 años”, afirmó Antulio Echezuría.

La gratitud por los favores recibidos impulsa a los creyentes a materializar sus promesas a través de actos de entrega, construcciones de capillas y donaciones que sirven como recordatorios permanentes de la gracia otorgada. Cuando la partida física de un devoto deja inconcluso un sueño dedicado a la Virgen, son sus descendientes quienes asumen el compromiso moral de concretarlo con mayor fervor.

Promesas cumplidas

El cumplimiento de estas promesas trasciende el dolor de la pérdida y une a los hermanos en torno a una causa común que dignifica la memoria de sus antepasados. La transformación de un espacio pequeño en una capilla amplia es el reflejo físico del crecimiento de una fe que ya no cabe en las cuatro paredes de una casa.

“Mi hermano le prometió a mi mamá que le iba a hacer una capilla más grande porque la que había era súper pequeña. Lástima que se nos fue antes de que se la pudiera construir, pero mi hermano tumbó todo eso y empezó la construcción. Ella desde donde está debe estar muy feliz porque su hijo le pudo cumplir lo que quería”, María Granado.

Las festividades del 8 de septiembre representan el fervor espiritual y comunitario, donde el esfuerzo individual se disuelve en una gran celebración colectiva. En los barrios y sectores donde la Virgen es venerada, las mañanas festivas inician con el ajetreo propio de quien espera a un invitado de honor: arreglos florales, vestimentas confeccionadas a mano para las imágenes y la preparación de alimentos para compartir con los vecinos.

En estos encuentros, el espacio público se transforma en un santuario de fraternidad donde se reparten comida, juegos y sonrisas, manteniendo viva una tradición que alivia las cargas de la comunidad. La preparación meticulosa de cada detalle refleja el respeto y el cariño con el que se honra la presencia de Vallita en el sector.

“Invitamos a la población el día 8 a la celebración de la Virgen. Le hacemos un rosario, un compartir para la comunidad. Ellos tienen pensado hacer una fiesta para los niños con su piñata, sus helados, mandaron a hacer tortas y perros calientes. Normalmente la fiesta no es tan solo para nosotros, sino para la comunidad” resaltó Paula Rojas organizadora.

En cada templo, en cada capilla de barrio o en cada altar improvisado en una vivienda, la figura de Vallita continúa siendo el símbolo supremo de la maternidad divina, la fe que cura las heridas del cuerpo y la esperanza que renueva el espíritu de todo un pueblo.

Fotos/Juan Goitía

Ninoska Cova

Licenciada en Comunicación Social y reportera de calle. Apasionada por el periodismo de campo, la cobertura en tiempo real y el periodismo de investigación.

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