Niños expuestos de forma constante a discusiones familiares pueden desarrollar cambios cerebrales similares a los observados en soldados en combate.
La neurociencia es clara: para el cerebro infantil, gritar no es solo gritar. No distingue si la amenaza es física o emocional.
Estudios con resonancia magnética muestran que niños que crecen en hogares con alto nivel de conflicto presentan una amígdala hiperreactiva, el centro cerebral encargado de detectar peligro. Este patrón es comparable al observado en personas con Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT).
El resultado es un cerebro en estado de alerta permanente, preparado para defenderse incluso cuando no hay una amenaza real. A largo plazo, esto afecta la regulación emocional, la atención, el aprendizaje y la salud mental.
Un entorno familiar hostil no solo impacta la conducta: reconfigura el cerebro del niño para sobrevivir, no para sentirse seguro.
Fuente científica: University College London – Estudios publicados en Child Development.