
En el caminar de la vida existen personas que convierten sus pruebas en oportunidades para inspirar a otros. Tal es el caso de Omar Joel Duarte, a quien sus allegados conocen como Abimael, un nombre de profundo significado que refleja sus convicciones: «Mi padre es Dios». Conocido en Maturín por cantar en las unidades de transporte público, Omar no solo busca el sustento diario, sino que proyecta sus ganas de salir adelante junto a su familia.
Es un hombre humilde que persigue un título universitario, guiado por su fe y la determinación de convertirse en profesional. Antes de emigrar a Colombia y dedicarse de lleno al canto, trabajó arduamente en reconocidos restaurantes de la ciudad, donde transitó desde ayudante de bartender hasta parrillero, para luego desempeñarse como recepcionista de hotel. Incluso, estuvo a punto de ingresar al Ejército, pero desistió al no visualizarse bajo la rigidez del uniforme militar.
El encuentro con su destino musical
El giro hacia la música ocurrió de forma inesperada. Mientras buscaba empleo, Omar observó a un joven rapear en un autobús y tuvo una revelación. «Este chamo rapea y yo también canto. Como me había retirado del Ejército y la necesidad obliga a atreverse, me dije “yo también voy a cantar”».
Así, en el 2018, comenzó su recorrido por los buses de Maturín interpretando temas a capela, pues, para entonces no contaba con un equipo de sonido. «Me encontré con gente muy receptiva; el monaguense es así. Claro, como en todos lados, siempre hay alguien odioso, pero igual los bendigo sin desearles el mal», comenta con serenidad.
Para Duarte, su oficio va más allá del dinero. «Siempre que subo a un bus es con la intención de darle alegría a la gente y distraerlos de sus problemas. A veces, el estrés les perturba la mente y mi idea es que pasen un rato agradable. Si desean apoyarme con una propina, excelente; si no, no pasa nada, no es obligatorio».

Una trayectoria entre notas y fronteras
Su versatilidad le permite pasearse por la salsa, la balada, el pop y el merengue, incluyendo en su repertorio a referentes como Jerry Rivera, Gilberto Santa Rosa, Franco de Vita, Sin Bandera y Chayanne. Tras migrar a Colombia, llevó su carisma a las calles de Cali. Aunque inicialmente trabajó en albañilería, pronto regresó a su pasión, cambiando los buses de Maturín por el sistema de transporte masivo de Cali.
«En Colombia encontré personas que me brindaron confianza. Aunque tuve algunos roces con trabajadores del transporte que me veían con recelo, siempre me sentí bendecido», relata. Su paso por Bogotá y Bucaramanga fue valioso, pero en Cali encontró su segundo hogar y la oportunidad de trabajar de forma independiente, evitando las humillaciones que a veces se sufren bajo mandos injustos.
El regreso y la meta académica
En Colombia, su talento lo llevó a unirse a la agrupación AcroSong, bajo la dirección de Luis Song, sin embargo, el llamado de su tierra y sus metas personales fueron más fuertes. «Quería volver a Venezuela para estudiar. No quería que se me fuera la vida fuera de mis fronteras. Además, necesitaba ver a mi hijo», confiesa.
Su mayor motor es su hijo, Abdías Alejandro, quien permanece en Colombia al cuidado de su madre. Es por él que Omar, a su regreso, decidió formalizar su futuro. Aunque pasó por la escuela de música, su meta era clara: una carrera universitaria. Actualmente, cursa el tercer semestre de Ingeniería de Petróleo en la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV), mientras sigue compartiendo su voz en las avenidas del casco central de Maturín.
El motor que impulsa cada una de sus jornadas no es solo el deseo de superación personal, sino el profundo amor por su familia. Actualmente, Omar Joel reside con su madre y sus hermanos en un hogar donde la solidaridad es la regla; entre todos suman esfuerzos y voluntades para costear los gastos de la casa, demostrando que la unión familiar es su mayor fortaleza, sin embargo, una parte de su corazón permanece en la distancia: su hijo, Abdías Alejandro. A pesar de los kilómetros que los separan, la tecnología se ha convertido en su mejor aliada, permitiéndole hablar con él todos los días. Saber que su pequeño se encuentra bien en Colombia le brinda la paz necesaria para seguir entonando melodías y asistiendo a sus clases de ingeniería, con la firme promesa de que cada sacrificio es un paso más hacia un reencuentro definitivo.
Un camino de resiliencia y propósito
A pesar de los desafíos y la distancia, su fe se mantiene inquebrantable. “La fe es capaz de transformar realidades”.
Fotos: Juan Carlos Goitía