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Especialistas advierten que evitar el conflicto priva a los niños de desarrollar su capacidad de resolución

La pregunta que debe guiar a las familias hoy no es cómo hacer que los hijos estén siempre cómodos, sino qué herramientas les estamos dando para que, cuando sus padres ya no estén presentes, ellos sepan sostenerse por sus propios medios

En el afán de evitar que sus hijos experimenten la incomodidad, muchos padres han adoptado un rol de “limpiadores de obstáculos” o “padres de algodón”. Desde evitar que pierdan un juego hasta intervenir en conflictos escolares para que el niño no pase un mal rato, esta tendencia, denominada por la psicología como crianza de sobreprotección, colocando a la humanidad frente a una generación de “cristal”.

Sin embargo, el costo de este “blindaje” parece ser alto. Los especialistas en psicología infantil y adolescente advierten que el conflicto y la dificultad no son enemigos de la felicidad, sino herramientas esenciales de maduración. Al retirar toda piedra del camino, el padre no está facilitando el éxito, sino privando al niño de desarrollar su propia capacidad de resolución.

El riesgo de la fragilidad emocional

La denominada “Generación de Cristal” se caracteriza, según diversos estudios sociológicos, por una baja tolerancia a la crítica y una dificultad alarmante para gestionar el fracaso. Cuando un individuo llega a la edad adulta sin haber experimentado la derrota —o sin haber tenido que asumir la responsabilidad de sus propios errores—, cualquier imprevisto del mundo real se percibe como una amenaza existencial.

Expertos en psicología sostienen, que cada vez que resuelve un problema que el niño podría haber gestionado por sí mismo, se envía el mensaje implícito de que “no es capaz”. La sobreprotección es, en última instancia, una forma de desconfianza hacia las capacidades del otro.

Del niño feliz al adulto fuerte

El cambio de paradigma educativo es necesario. Educar, según los expertos, no consiste en eliminar las caídas del camino, sino en estar presente para enseñar a levantarse. La verdadera fortaleza emocional es un músculo que se ejercita únicamente a través del desafío.

Las habilidades esenciales para la vida —autonomía, resiliencia y responsabilidad— requieren de un entorno donde el niño pueda:

  • Enfrentar consecuencias: Entender que cada acción tiene una reacción.
  • Gestionar el conflicto: Aprender que las diferencias de opinión son parte de la convivencia.
  • Habitar el aburrimiento y la espera: Entender que no toda necesidad debe ser satisfecha al instante.

La gran interrogante

La pregunta que debe guiar a las familias hoy no es cómo hacer que los hijos estén siempre cómodos, sino qué herramientas les estamos dando para que, cuando sus padres ya no estén presentes, ellos sepan sostenerse por sus propios medios.

La comodidad permanente es un espejismo que se desvanece al cruzar la puerta de casa. El verdadero amor no es evitar el dolor a toda costa, sino dotar a nuestros hijos de la templanza necesaria para abrazar el conflicto, aprender de la caída y, sobre todo, encontrar en la adversidad la oportunidad de crecer. Al final del camino, el objetivo no debería ser preparar el camino para el niño, sino preparar al niño para el camino.

Vía El Regional del Zulia

Noelis Idrogo

Periodista en La Prensa de Monagas

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