Hubo una época en que la carretera de El Zamuro, en Maturín, desbordaba vida. El lugar permanecía abarrotado, impregnado por el aroma del maíz tierno recién molido y el bullicio de más de una docena de puestos dedicados a la elaboración de la tradicional cachapa. Hoy, el panorama es muy distinto: de aquel esplendor apenas quedan tres locales en pie. Sin embargo, la esencia sigue intacta en las manos de quienes se niegan a apagar los budares, transformando su labor diaria en un acto de fe y resistencia familiar.
La historia de esta tradición comenzó a mediados de la década de 1980. Eleuteria Márquez, conocida cariñosamente por todos como «Teya», fue la pionera de este rincón gastronómico.
«Cuando yo empecé aquí, fui la primerita», recuerda con nostalgia la fundadora, quien inició el negocio cerca de 1985 junto a su esposo, su suegro y su familia. «Empezamos con un puestico en la carretera, haciendo poquitas cachapas. Con el tiempo se fueron sumando más y llegaron a haber hasta 12 negocios».
Este oficio no solo sacó adelante a su hogar, sino que se convirtió en el sustento de múltiples familias de la zona. Para Márquez, la cachapera representa el esfuerzo de toda una vida. «Para mí esto es lo principal, esto es todo, porque de aquí sale todo. Ha sido la constancia y la perseverancia de no dejarlo caer».
«Viene gente de todos lados, incluso de otros estados como Sucre, desde Carúpano. También nos hacen encargos grandes de 100 o 200 cachapas para llevar fuera del país, directo a Estados Unidos. Los clientes vienen buscando la combinación perfecta de cachapa tradicional, queso de mano y cochino frito, con precios que van desde 3,5 dólares por la cachapa sola hasta combos familiares que rondan los 19 dólares», comenta Márquez.






Una herencia que se transmite de generación en generación
A pocos pasos de Teya, el relevo generacional y la colaboración familiar aseguran la continuidad de la cocina. Eduardo Jiménez, pieza clave de esta nueva etapa, explica cómo han logrado rescatar e infundir nueva vida a instalaciones que habían quedado en el olvido.
Este proyecto nació tras rescatar un negocio que se encontraba en abandono, logrando un acuerdo con la antigua propietaria para reactivarlo. Desde entonces, nuestra familia lo gestiona con el mismo compromiso y dedicación que nos ha caracterizado de generación en generación», destacó Jiménez.
A pesar de enfrentar desafíos complejos, como el deterioro vial y el parón de la pandemia, el flujo de viajeros y entusiastas de la cachapa empieza a recuperarse. Eduardo relata que en un día concurrido logran vender entre 200 y 400 cachapas, mientras que Eleuteria destaca que, durante sus mejores fines de semana, registran picos de hasta 600 unidades.




Fe en el futuro
El camino no ha sido sencillo. Aunque la drástica reducción de comercios tras la pandemia dejó huellas profundas, la determinación de sus trabajadores permanece inquebrantable.
«Hay que tener fe en Dios de que vamos a seguir vendiendo. A pesar de las dificultades, mantenemos la tradición poco a poco», concluye Jiménez con la mirada fija en el fogón, convencido de que mientras el maíz se siga moliendo en El Zamuro, la memoria y el sabor permanecerán vivos.
Fotos | Juan Carlos Goitía