En el corazón de la comunidad Brisas del Guarapiche, en la parroquia Las Cocuizas de Maturín, la vida se mide en resistencia. Allí, Samaris Vargas intenta sostener el futuro de sus siete hijos dentro de una vivienda de bahareque un sistema constructivo tradicional de palos entretejidos y barro que hoy muestra las heridas del tiempo y la falta de mantenimiento.
El bahareque, aunque ancestral, se vuelve vulnerable ante las lluvias. Para Samaris, ver cómo las paredes de tierra ceden ha significado tomar la decisión más difícil: separar temporalmente a sus hijos para que algunos duerman con sus abuelos, buscando un techo más seguro ante el riesgo de colapso de su hogar.
Un hogar que desafía las carencias
La cotidianidad en esta vivienda es un ejercicio de fe. Sin los electrodomésticos básicos y con apenas dos camas para el grupo familiar, Samaris organiza cada día para que el impacto de la crisis no apague la sonrisa de los más pequeños. Incluso el área del baño tuvo que ser demolida tras una inspección de los cuerpos de seguridad que advirtió sobre un peligro inminente.
«Mi prioridad no soy yo, son ellos. Ver que su entorno sea seguro, que tengan donde descansar sin miedo a que una pared ceda», relata la madre, cuya preocupación principal trasciende lo material y se enfoca en la estabilidad emocional de sus niños.


El reto de volver a las aulas
Para Samaris, la educación es la única salida, pero el camino a la escuela tiene obstáculos económicos. Actualmente, solo tres de sus hijos están escolarizados; los demás esperan por trámites administrativos y documentación que requieren una inversión que hoy la familia no puede costear.
«Lo que más me duele es que pierdan días de clase. Necesitan el apoyo básico: sus cuadernos y sus herramientas para estudiar. Eso es lo que realmente me quita el sueño, que su formación se detenga por nuestra situación económica», explica con la voz entrecortada.





Una comunidad en espera
El caso de Samaris no es aislado. En este sector de Las Cocuizas, al menos otras diez familias atraviesan situaciones de vulnerabilidad similares. Los padres de Samaris, adultos mayores, intentan apoyarla, pero la red económica es frágil.
Hoy, esta madre monaguense mantiene la esperanza de que la asistencia social llegue a su puerta. Su solicitud es clara y cargada de amor materno: una oportunidad para que sus hijos crezcan en un entorno digno y, sobre todo, que no tengan que abandonar los libros para enfrentar las durezas de la vida adulta antes de tiempo.
Fotos/Juan Goitía