La situación eléctrica en el municipio Maturín continúa recrudeciendo, transformando la rutina de miles de ciudadanos en una verdadera carrera de resistencia psicológica. En los sectores que conforman la vía al sur y otras zonas de la capital monaguense, los racionamientos eléctricos ya superan las siete horas diarias.
Lo que comenzó como raciones por un mes y medio, se ha convertido en una constante que desestabiliza la calidad de vida de las familias, quienes deben sortear las altas temperaturas y la oscuridad sin ningún tipo de programación oficial por parte de las autoridades locales.
El retorno a casa después de un día de trabajo
El retorno a casa después de una larga jornada laboral, que debería significar descanso y desconexión, se ha transformado en el momento más temido del día. Los habitantes denuncian que la falta de energía coincide casi siempre con las horas de la tarde y la noche, impidiendo realizar las tareas del hogar más básicas, como preparar la cena o conciliar el sueño.


La imposibilidad de descansar adecuadamente está pasando factura a la salud mental y física de los vecinos, quienes aseguran que el día a día se ha vuelto insostenible.
«Llegar del trabajo cansado, con ganas de bañarte y acostarte, y encontrarte con que no hay luz, es una tortura. No podemos dormir por el calor y los zancudos. Al día siguiente hay que madrugar para trabajar otra vez sin haber pegado un ojo en toda la noche. Vivimos en un constante estado de estrés», manifestó Carmen Ortiz, residente del sector Santa Inés.
La imprevisibilidad de los cortes agrava aún más la situación. A diferencia de otros planes de contingencia donde se informan los horarios de racionamiento, en la vía al sur la luz se va a cualquier hora y varias veces al día. Esta falta de cronograma mantiene a la población en una eterna zozobra, ya que es imposible planificar actividades cotidianas o proteger los hogares ante las repentinas fluctuaciones de voltaje que azotan a la entidad.
«Aquí no hay hora fija; la luz se va en la mañana, en la tarde o a la medianoche. Vivimos asustados y corriendo a desconectar lo poquito que nos queda. A mi vecina se le quemó la nevera la semana pasada y a mí ya se me dañó el aire acondicionado. ¿Quién nos responde por eso? Nadie. Es una frustración enorme porque todo está carísimo», relató con indignación Carlos Mendoza, residente de Parare.


Electrodomésticos quemados
Al drama de los electrodomésticos quemados y las noches en vela se le suma el peso del olvido. Los afectados coinciden en que existe un muro de silencio en torno a la gravedad del problema, lo que aumenta la sensación de desamparo e incertidumbre entre las familias de Maturín.
Mientras el cansancio social se acumula, la comunidad sigue esperando un pronunciamiento oficial o soluciones estructurales que les devuelvan, al menos, la certeza de saber cuándo tendrán luz en sus hogares.
Fotos | Juan Goitía