El sonido rítmico del mazo golpeando la yuca rallada y el calor envolvente del budare componen una melodía que resuena en el sector Costo Abajo de Maturín, desde hace más de seis décadas. En este rincón monaguense, las familias Álvarez y González mantienen encendida la llama de una herencia ancestral que se niega a desaparecer.
Humberto Álvarez, quien lleva alrededor de 60 años dedicado a este oficio tradicional, describe con nostalgia y precisión la faena diaria. Explica que la yuca pasa primero por el molino para extraer la harina, luego se desliza por el sedazo para purificarla y, finalmente, llega a la atendedora.
«Y después viene el trabajo que yo estoy haciendo, echándolo para afuera», relata al describir cómo extiende la masa para que reciba el sol entre dos y tres horas, según el clima. Posteriormente, la vuelve a pasar por el aripo para afinarla, tenderla y entregarla al calor del fuego.
Sin embargo, mantener viva esta labor artesanal es un desafío cuesta arriba. Wuilmer González, con más de 30 años en la producción, señala que los tiempos actuales han traído complejos obstáculos.
«La escasez y los altos costos de la materia prima, que ronda entre los 150 y 160 dólares la tonelada, sumados a una caída drástica de las ventas, nos han golpeado fuertemente. De las 20 casaberas que activamente daban vida a esta vía, hoy apenas quedamos unas diez», lamenta.
A pesar del panorama, el arraigo cultural es más fuerte. «Aunque las ventas han bajado de forma drástica en comparación con años anteriores, el compromiso sigue intacto. Hay que aguantar la pela, no hay de otra», expresa González con la firmeza del artesano que batalla día a día. Su mirada está puesta en noviembre y diciembre, meses en los que la temporada de hallacas suele devolverle el respiro a la economía local.
Cada torta de casabe que sale de estos modestos talleres familiares lleva impregnada la historia de quienes recorren la zona vendiendo el producto casa por casa, ajustando los precios al mínimo con tal de que la mercancía circule.
Entre las dificultades del presente y el recuerdo de un pasado más próspero, las casaberas de los Álvarez y los González se erigen como un símbolo de resistencia cultural; un recordatorio vivo de que los sabores tradicionales de nuestra tierra se sostienen gracias al amor por el oficio y a la inquebrantable esperanza de mejores días.







Fotos | Juan Carlos Goitía