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La esquina del picante: donde el tiempo se detuvo para echar raíces

‘El señor del picante’ nos enseña que con su constancia se ha consolidado y ganado el reconcomiendo de los monaguenses

En el corazón de Maturín existe un rincón que parece haber pactado una tregua con el tiempo: es la famosa ‘esquina del picante’, un espacio de tranquilidad y paz urbano que se distingue de inmediato por su frescura, custodiado por una vegetación que delata un cuidado casi devocional y por el mítico ‘banquito de los enamorados’.

En medio de este escenario se alza una casa que conserva la esencia de la ciudad de antaño, una estructura que, aunque exhibe un cartel de ‘se vende’, se mantiene firme como un recordatorio de que lo esencial no tiene precio.

Para don Lister Hernández, ese letrero no es más que un adorno, una travesura visual ante la cual responde con la sabiduría de quien ya encontró su lugar en el mundo: ‘si la vendo de verdad, ¿para dónde me voy a ir yo? Aquí es donde quiero estar con mi puesto’.

Junto a su inseparable compañera de vida, doña Ana Mercedes Acevedo, Lister ha transformado esta esquina en un ícono de la ciudad de Maturín por su larga trayectoria de más de 50 años en la venta de su picante hecho por él mismo, y que jamás se atreve a revelar su fórmula para prepararla.

El fruto de ese incansable trabajo de más de medio siglo, macerado entre el calor de los fogones y la constancia diaria, se refleja con orgullo en la trayectoria de sus cinco hijos, quienes crecieron viendo en el ejemplo de sus padres la mejor escuela de vida.

Grandes frutos

Esta herencia de esfuerzo permitió que Carlos, Ian, María Eugenia, Gerardo y José se formarán como ciudadanos de bien, diversificando el legado familiar en distintas ramas del saber y el quehacer profesional. “Uno es ingeniero mecánico, otro ingeniero químico, también tengo un hijo mecánico, una profesora y otro que se dedica al comercio”, relata don Lister con la mirada iluminada. El orgullo en sus palabras es evidente: sus hijos son el fruto más valioso que ha cultivado en esa esquina, profesionales formados con el esfuerzo de una vida entera.

Esta historia de éxito y sazón no se escribe en solitario. Desde sus 24 años, la vida de Lister ha estado entrelazada con la de doña Ana Mercedes Acevedo, quien ha sido su compañera de batallas, socia y pilar fundamental. Lo que comenzó como un proyecto de juventud, se convirtió en un compromiso de vida que ya supera las seis décadas, demostrando que detrás de la famosa esquina del picante hay un amor que ha sabido madurar con la misma paciencia y cuidado que sus mejores recetas.

El sabor de su receta no solo ha conquistado los paladares de Maturín, sino que también ha medido fuerzas con los gigantes de la industria nacional. Hace algunos años, en una feria gastronómica celebrada en Barquisimeto, el picante de don Lister logró una hazaña digna de recordar: se alzó con el primer lugar frente a marcas consolidadas en todo el país. Entre sus competidores se encontraba el histórico picante ‘La Torre del Oro’, vinculado a la empresa Mavesa y famoso por su campaña del ‘Diablo’. Aquel día, la elaboración artesanal y el equilibrio perfecto de la esquina monaguense, demostraron que, frente a la producción masiva, el toque personal y la tradición familiar son imbatibles, pero la maestría de don Lister Hernández no se agota en el sutil equilibrio de sus ajíes. Su destreza como artesano del sabor se extiende a otras ramas de la tradición culinaria, demostrando una versatilidad admirable: desde la elaboración de quesos frescos con sello propio, hasta la confección de la emblemática panela de tamarindo, un dulce que condensa la esencia del oriente venezolano.

Este último producto, lejos de quedarse en una simple receta del pasado, ha cobrado un nuevo impulso gracias al relevo generacional; hoy, sus hijos Carlos y María Eugenia han tomado las riendas de esta línea de producción, profesionalizando su distribución y llevando este manjar directamente a los comerciantes del Mercado de Los Bloques.

La experiencia de don Lister no se limita a las recetas; también es un experto en la psicología del cliente. Con la picardía de quien lleva más de 50 años vendiendo, nos confiesa entre risas: ‘los que me preguntan señalando el picante con el dedo, esos no compran, esos están limpios’.

A sus 84 años, Lister Hernández no piensa dejar su iónica casa. Aunque su fachada diga ‘se vende esta propiedad’, su corazón está sembrado en esa esquina. ‘Aquí estoy bien y contento’, afirma con la paz de quien ya echó raíces.

Desde esa misma serenidad, lanza un consejo final a las nuevas generaciones, invitándolas a vivir con menos peso y más disfrute. ‘Gocen la vida y quítenle todo lo que puedan a su juventud; no se queden solo almacenando dinero o propiedades, porque al final, uno se da cuenta de que eso no es lo que llena’. Así, entre el picante, sus matas y su inseparable Ana Mercedes, el hombre que venció a gigantes industriales prefiere quedarse donde siempre ha sido rey: en su esquina, siendo feliz.

Mientras el mundo a su alrededor cambiaba y la ciudad se transformaba, él se mantuvo constante en su esquina.

Fotos: Juan Carlos Goitía

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